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El dramaturgo y director Juan Mayorga llega al 40 Festival de Teatro de Badajoz el 30 de octubre con su obra ‘El Cartógrafo’, una historia que, según asegura, “tiene acción, emoción, poesía y pensamiento”, pero sobre todo destaca el trabajo y el encuentro de dos grandes actores como Blanca Portillo y José Luis García-Pérez. Él interpreta nueve personajes y Blanca a tres. “Aquí hay una apoteosis del arte interpretativo”, señala en esta entrevista, en la que reflexiona sobre el Holocausto, el teatro, las fronteras y el olvido.

‘El Cartógrafo’ surgió de un viaje que realizó Juan Mayorga en 2008 a Varsovia. ¿Qué nos cuenta?  

Son dos historias que se van trenzando. Una cuenta la leyenda de cómo un anciano cartógrafo y su pequeña nieta deciden, contra los elementos y contra la historia misma, hacer un mapa de un mundo en peligro, el mapa del gueto de Varsovia en los años de la ocupación  nazi, un mapa que estaba en peligro así como quienes lo estaban trazando. Por un lado nos encontramos esta extraña aventura de dos seres humanos que quieren hacer un mapa que sea de algún modo el arca de la memoria de ese mundo en el que hay 400.000 personas en peligro. Por otro lado hay un segundo viaje, el de una mujer española, extranjera en Varsovia, que conoce la leyenda y queriéndola tomar por verdad busca ese mapa en la Varsovia de nuestros días.

¿En el fondo de esas dos historias qué se vislumbra?  

Este es el entramado narrativo que nos permite poner muchas cosas en juego, el conflicto entre el presente y el pasado, la responsabilidad respecto de las víctimas del pasado, el combate contra el olvido cuando el olvido es una segunda muerte. Se trata de una obra grave, porque habla de cosas muy serias, pero al mismo tiempo es una obra paradójicamente luminosa en la medida en que estos tres héroes (el anciano, la niña y la mujer) combaten buscando la luz, buscando que la muerte y el olvido no sean la última palabra.

El Holocausto es una constante en el teatro, también está presente en otras obras de Juan Mayorga ¿Por qué se recurre constantemente a ello?

Desconozco por qué otros se sienten interesados por ese acontecimiento, yo me siento comprometido con él. A mí me importa porque de alguna forma siento que el Holocausto todo lo resignifica, estamos hablando del exterminio sistemático y planificado de seis millones de seres humanos sólo por su origen, ni siquiera por una enemistad política, ni siquiera por un objetivo pragmático o económico, y en este sentido me parece que el Holocausto todo lo resignifica porque nos obliga a mirar hacia atrás, y preguntaros por qué la Cultura no fue capaz de evitar el Holocausto, por qué la civilización no fue lo bastante fuerte como para que Europa protegiese a sus judíos. Porque la historia del Holocausto no se trata sólo de unos perversos monstruos atacando a víctimas indefensa, sino que el mundo miró hacia otro lado, fue indiferente, no intervino. También de algún modo, si se mira el Holocausto también lanza una paradójica luz hacia nuestro presente, porque nos obliga a preguntarnos hasta qué punto lógicas perversas que condujeron al Holocausto pueden haber sobrevivido a la derrota militar alemana en el 45, una cosa es que Alemania fuese derrotada y otra que la lógica de la deshumanización no pueda estar de algún modo en nuestro propio tiempo más o menos camuflada o disfrazada. Por estas dos razones yo me siento concernido, afectado, por el Holocausto, me sugiere preguntas.

Juan Mayorga, autor y director de ‘El Cartógrafo’.

Otro de los temas que se repiten en su obra son los mapas, ¿Qué sentido tienen en un mundo en el que surgen los nacionalismos, las fronteras, los muros…?

La pregunta me interesa mucho porque hay conversaciones en ‘El Cartógrafo’ que son resignificadas por el espectador al escucharlas. En un momento un personaje le señala a otro un mapa y le dice: ese es el mapa de Europa que había colgado en mi escuela, un día colgaron ese otro y yo supe que ese día mi vida había cambiado. También le dice a la mujer española: quizás tú algún día veas esto, que de pronto las fronteras y el mapa cambian. Sin duda estamos en un tiempo en el que todos esos fantasmas reaparecen, estamos en un tiempo no de puentes, sino de muros, no de disolución de fronteras sino de trazado de nuevas y a mí todo eso me parece extremadamente inquietante. Yo recuerdo, como otros, en estos días una frase que se ha recordado mucho de Stefan Zweig  de que el nacionalismo es la peor de las pestes, conviene completar esta frase diciendo que es malo combatir un nacionalismo con otro. En este sentido comparto la preocupación que muchos tienen. Yo escribí esta obra en el 2008 y ha sido resignificada por todo lo que ha pasado desde entonces.

Es de vigente actualidad.

Me temo que sí, es de vigente actualidad, pero también debe serlo ese combate al que me refería antes de esos seres humanos que luchan para que no se olviden. Hay un humanismo radical en esos dos viajes a los que antes me refería de ‘El Cartógrafo’, sólo un niño es lo bastante audaz como para plantearse aventuras más allá de cualquier medida. Y lo más significativo es que en la obra es una niña la que finalmente es la cartógrafa, y también está la mujer que queriendo salvar ese mapa quiere negar que el esfuerzo de aquellos que lo trazaron sea vano. En este sentido la obra no es una obra en absoluto pesimista, si bien tampoco es una obra que busque el happy end ni el consuelo de los espectadores, es una obra que pretende construir una experiencia poética alrededor de unos maravillosos actores.

‘El Cartógrafo’ propone a los espectadores que hagan el mapa de su vida ¿Cómo se hace eso?

En un determinado momento la mujer y luego el marido van a pedir al otro que  les ayude a trazar el mapa de la vida, y esa es una pregunta que nosotros lanzamos a cada espectador de algún modo, y nos consta que algunos espectadores están escuchando muy en serio esta pregunta y se la están llevando a casa. Uno hace el mapa de su vida buscando qué lugares pondría, pero también qué personas, qué encuentros y desencuentros, qué sonidos, que colores, qué música, qué libros… pero fundamentalmente qué personas y qué vidas pondría. Construimos la situación en escena y dejamos esa pregunta al espectador, ¿Qué pondrías tú en el mapa de tu vida? Es un ejercicio que unos aceptan y otros no, pero aquellos espectadores más imaginativos, más ricos y más cómplices sí sienten que en el escenario se está jugando algo que tiene que ver con ellos.

Mirando al pasado y viendo cómo está el mundo actual ¿Sería una ingenuidad pensar a estas alturas que el teatro es una herramienta de transformación social?

Yo creo que no. No sé si el teatro cambia la sociedad, pero desde luego hay que hacerlo como si fuera a cambiarla, hay que practicarlo con esa seriedad, tanto si uno hace drama como si hace tragedia o comedia. En todo caso, que el teatro tiene una capacidad transformadora, como el amor, quien lo probó lo sabe. Yo he sido transformado por el teatro. En ocasiones, yo he visto que de algún modo el teatro me estaba dando a examinar mi propia vida y creo que los mejores aficionados al teatro saben que eso puede suceder, y es para ellos para quienes trabajamos.

¿Qué tal lleva la doble condición de autor y director?

Me exige un esfuerzo doble, pero al mismo tiempo me ofrece un doble placer, y tanto más cuando he podido trabajar con actores tan cómplices y ambiciosos como son Blanca y José Luis, me siento muy afortunado de haberlos podido acompañar, lo que ofrecen ellos en escena es muy importante. Yo me digo que como autor no tengo límites, puedo escribir una obra de doce personajes y con muchos espacios, pero luego como director tengo que convertir los límites en ocasiones poéticas.

 

 

 

 

 

Guadalupe Leitón
Periodista

Autor

Magazine Cultural de entrevistas, reportajes y noticias que recoge las creaciones culturales y artísticas que tienen como origen o destino Extremadura.

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